Deformaciones, informaciones y reformaciones | Ricardo Arcos-Palma

Por Ricardo Arcos-Palma, Crítico de arte.

El asunto del espacio es una constante trabajada por los artistas de todos los tiempos, particularmente por los artistas del Renacimiento, quienes no concebían obras sin la dimensión espacial y arquitectónica apoyados en la perspectiva. También, los artistas modernos fueron más lejos, desarticulando los espacios del plano representacional de la pintura y de la escultura gracias a la ciencia. Es decir, hay una relación entre arte y ciencia que se puede expresar a partir de dos casos. Si en un primer caso la caja negra y la grilla de Alberti, revolucionó la manera de ver el mundo, debido a la teoría de Copérnico acerca de que la tierra no era el centro del universo como creía Ptolomeo, sino que aquella giraba alrededor del sol y; además, gracias al catalejo y al astrolabio se posibilito el adentrarse en aguas profundas y lejanas, más allá de las columnas de Hércules hoy estrecho de Gibraltar; en un segundo caso, el hecho que Albert Einstein haya resuelto y demostrado que la idea que teníamos acerca del espacio no era correcta, insistiendo en la relatividad y la simultaneidad, y que el pintor Pablo Picasso evidenció la fractura del punto de vista del observador, paradigma de la perspectiva renacentista a través de la multiplicación de los planos, configurando así, en una imagen la constitución de varias partes de un mismo cuerpo, podemos reconocer dicha relación arte-ciencia como inclusa en la historia del arte.

Andrés Moreno Hoffmann no escapa a esta relación entre arte y ciencia. Sus pinturas obedecen a una figuración donde el espacio urbano esá recreado por diferentes formas. Pero estos fragmentos que adquieren una coloración casi metálica, recrean una cierta urbanidad donde se deviene una especie de universo en constante formación. Aquí el artista plantea una suerte de nuevo espacio geométrico que parece extenderse y copar toda la superficie pictórica. No hay habitación ni presencia humana. Pero esa geometría plantea una suerte de espacialidad que nos remite a una organización estructural que reta el ojo del observador a encontrar referentes. El único asidero es el del universo del arquitecto que inventa y reconstruye formas a su antojo.

Cada pintura tiene una tensión espacial propia de un universo arquitectural donde el espacio parece reconfigurarse entre el cubo y el cilindro. Sus pinturas como esponjas-espejos parecen absorber el espacio circundante. Esto se ve con más fuerza en la instalación Akashá. El título de esta muestra alude directamente a la obra del científico Ervin Laszlo, referente esencial para el artista. En su obra “El universo informado. Una teoría integral del todo”, Laszlo nos recuerda que la palabra “a-ka/ sha” en sánscrito significa “éter”, es decir “lo que penetra el espacio” pero también este significado se remite a algo luminoso: “radiación” o “resplandor”. Este foco de luminosidad está íntimamente vinculado con asuntos espirituales en particular con la filosofía hindú, donde los cinco elementos se amalgaman en una matriz fundamental. Se presenta una especie de fuerza luminosa que activa los sentidos similar a la meditación. Ervin Laszlo definió “El registro akásico” como el archivo universal que contiene todo lo que ha pasado en él. Una especie de ADN o memoria material y espiritual que narra el principio y fin de todas las cosas y de cuánto hay en el universo.
La instalación compuesta por los globos alude entonces a ese momento que narra el devenir del universo. Lo que acontece en las pinturas ocurre también en el espacio del museo donde lo circundante es absorbido por esos espejos-globos, los cuales actúan como reflectores de la luz que incide sobre ellos. Se percibe el sutil movimiento que se genera por el viento y el carácter flotante de los cubos metalizados. Este carácter de performatividad de las formas, tratado por Luigi Pareyson, se ve expuesto también re-formando las cosas dentro de ellas mismas. Aquí lo que está en juego nos dice Moreno Hoffmann es una especie de contenencia del universo hasta meterse en la cabeza de un alfiler. El juego con los globos, expande y contrae el entorno, ya que el carácter flotante genera un movimiento oscilatorio leve. El helio de los globos juega con el aire del espacio y la imagen no escapa a la dinámica entre el adentro y el afuera.

Es aquí donde los observadores, o sea nosotros, tenemos un lugar privilegiado para “crear ese nuevo universo”. Es decir, nuestra percepción es fundamental para configurar la obra en esas nuevas formas. En ese sentido ya no somos observadores pasivos sino activos, verdaderos per-formers que insistimos en actuar en ese universo de las cosas aglutinado de manera magistral por el artista. El espacio está trans-formado, re-formado, in-formado, de-formado en nuestra mirada y por nuestra mirada. Las formas ya no son estáticas tal y como sucede en la pintura pues Moreno Hoffmann ha logrado crear un paralelo entre ese espacio pictórico y la instalación donde las teorías de la física en particular la teoría cuántica afecta el proceso creativo. De ahí que la idea de meter todo el universo en una pequeña partícula no es para nada descabellada y el artista es consciente de esto.

A lo que asistimos en la propuesta de Andrés Moreno Hoffmann, es a una suerte de pintura expandida. Aquí nosotros entramos en el espacio pictórico sin ninguna barrera haciendo una inmersión total gracias a Akashá donde se completa la idea del todo contenido. En suma, con esta exposición en un espacio tan bello como el del Museo de Arte Contemporáneo, el artista logra ponerse a la vanguardia de la pintura actual que desborda la tela para habitar el espacio y afectar de forma contundente nuestra experiencia estética.